La sangre de los caídos es una huella que calcina en la memoria, como una braza candente que arde a través del tiempo. Ayer conmemoramos 50 años de la cruenta matanza ocurrida en Tlatelolco, cuando el gobierno mexicano, acribilló de manera criminal a la juventud universitaria en la Plaza de las Tres Culturas. Ha transcurrido medio siglo y en ese lapso, han continuado asesinando estudiantes, porque la rebeldía de nuestros jóvenes representa un peligro para la intolerancia dictatorial que ha imperado en México.
Después de muchos años de sometimiento, ha despertado por fin la democracia y será necesario refundar las instituciones desde su origen mismo; habrá que renacer nuevamente, sin olvidar a los caídos, desde el aroma a sangre, a sudor y a miedo que se esparce como denuncia de lo ocurrido.
No hemos olvidado el 2 de octubre, porque el recuerdo mantiene viva la convicción de lucha para el cambio. Olvidar sería asumirnos en complicidad con los tiranos y someternos a un futuro incierto. Ha transcurrido medio siglo y las marcas indelebles de Tlatelolco permanecen como un estigma que flagela en cada conciencia.
Olvidar sería repetir los errores y condenar al pueblo a la barbarie. El perdón no existe para aquellos que impunemente asesinaron, haciendo uso desmedido de la fuerza del estado. No podemos olvidar ni perdonar a Gustavo Días Ordaz, a Luis Echeverría Álvarez, a Fernando Gutiérrez Barrios, al sanguinario Batallón Olimpia y todos los sicarios que participaron en la masacre, abusando del poder y de las armas.
Los sucesos ocurridos en Tlatelolco en 1968 son un ejemplo de la dimensión del sometimiento gubernamental del que fuimos víctimas durante los siguientes 50 años. México ha despertado por fin de ese letargo y hoy el PRI se encuentra agonizando y es por ello que se requiere de la memoria y la conciencia para cambiar nuestra propia concepción del concepto de patria que hemos aspirado.
Para recobrar nuestra nación se necesita retener las huellas del pasado y poner a cada cual en el lugar que corresponde. La historia debe denunciar la tiranía con nombre y apellido; no podemos ocultar en el anonimato de la oficialidad a quienes se amparan en las sombras. La democracia ha triunfado al fin y seguramente las cosas cambiarán paulatinamente; pero el pasado no se borra y la memoria de los caídos permanecerá intacta a través del tiempo.
¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!
¡VIVA ETERNAMENTE EL SUEUM!
